diario de una mamá fotógrafa

Quiero ser un hombre

No, amigos, no es una confesión  de transexualidad, no. Soy una mujer y quiero seguir conservando mis dignos atributos. Sin embargo he de reconocer que a veces, muchas veces, quiero ser un hombre. Si existe la reencarnación de los cuerpos, me gustaría reencarnarme en un señor de Murcia, bueno, de Murcia por el libro de «Ninette y un señor de Murcia», pero lo mismo me da el lugar de la geografía en el qué caer. No lo digo sólo por el hecho en sí de hacer pis de pie, que siempre me ha parecido muy interesante y divertido, ni por la sensación que debe ser dormir boca abajo sin que los pechos te corten el aire, no. ¿Sabéis por qué es? Pues bien, que nadie se ofenda pero yo quiero ser un señor tío con sus buenos «huevazos» y tomarme la vida con más tranquilidad. Las madres, las megamadres, todas nosotras que arrastramos el título de madre con ángeles trompeteros incluidos e  incluida Samanta la pobre, la chiquilla, soportamos una loza a nuestras espaldas, porque creemos y queremos ser perfectas. Jefas duras de nosotras mismas, no hay dolor, nos fustigamos, nos autoflagelamos y reventamos día tras día. Nos marcamos jornadas  » maternales» sin fin y los resultados tienen que ser impecables y no hay  piedad para el error. A mí el sentimiento de culpa me corroe, no voy a mentiros.

Cada noche un dedo ( nuestro) nos señala y nos dice: » Eh, tú mala madre de pacotilla, hoy has hablado en un tono más elevado de la cuenta a tu hijo, y aunque no lo has hecho, reconócelo, has sentido deseo de darle un pellizquito de monja cuando te arrojó en toda la cara el pañal con caca. Mala madre,  al rincón de pensar»

Y claro, piensas y  piensas gran parte de la noche con la almohada de compañera:  ¡Pero que mala madre he sido hoy!  No he jugado con la pobre mía, que venía con su carita de perrito chico y decía: » mamá… jugar»  Y yo ahí, trabajando como una perra, haciendo la comida, editando, planeando la sesión de fotos, contestando mensajes y mirando el móvil a punto de caer en colapso y la pequeña en los pies, con la misma carita de caniche abandonado: » mamaaa, mamaaaa….» Y yo ahí, con el cucharón, con los «Cantajuegos» de fondo y diciendo a todo que sí, sin saber a qué, con una sonrisa cansada y a medio hacer como un garabato. Y llega la noche  y no he llamado a mi madre, me pregunto cómo habrá pasado la tarde y me siento una mijita también de mala hija, y me acuesto con la sensación de que menuda mala madre de las pelotas estoy hecha aunque no mejor esposa porque claro, una vez más, el restriegue sexual brillará por su ausencia.

Y encima de no hacerle el baile de la taza y la tetera,  le he dado el móvil y le he dejado  el videojuego de la rana dos veces, y sí, para colmo la he  obligado a comerse el yogur,  sé que está mal pero estaba tan » hastiá» que he gritado a la pequeña en lugar de darle ejemplo cuando se ha ido directa a empinarse una lata de Coca-Cola y  cuando desparramó todas las lentejas por el suelo, yo me » cagué en la pu…» al viento de la ventana más cercana.

Por las noches las miro a las dos y pienso, qué bonitas son y qué graciosas las jodías  y yo vaya día que llevo, que malamente lo he hecho hoy, mañana mejoraré,voy progresando adecuadamente. Y así un día y otro, y bueno, mi esposo hace esto mismo que yo cada día, pero con una diferencia, siempre me dice que a pesar de nuestras equivocaciones somos unos buenos padres y se siente bien, ni un ápice de culpabilidad y si lo tiene es puntual e irrisorio, leve  y parsimonioso como una pluma que cae de un quinto piso como quien no quiere la cosa.

Ojito, ojito, que me sale la vena de Triana, no digo que todos los hombres sean iguales, que ya sé que estaréis pensando que no,  algunos son tan sufridores como yo, que bien podría ganar el » Un, dos, tres» en el papel de sufridora. Qué cosa aquella, ¿eh? Qué necesidad tenias esas personas de sufrir tanto para cuatro duros que ganaban en el concurso.

A lo que iba, hombres así, haberlos los hay. Recuerdo un matrón que participó en unas jornadas  sobre lactancia hace poco en la Facultad de Fisioterapia de Sevilla, donde se expusieron mis fotos de lactancia que podéis ver si os apetece aquí. Ese muchacho lloró emocionado al recordar cuando su niñita tenía los pezones de su esposa machacados y cómo sufrió ella, y cómo él se sentía impotente de no poder ayudar. Y ahí estaba, llorando delante de todos nosotros mientras recordaba en su ponencia este acontecer y todas las mujeres allí presentes cómplices de su dolor, a punto de arrancarnos el alma y entregársela caliente aún.  Olé y olé ese buen matrón sensible.

Jo, no me digáis que ese hombre  no merece un club de fan ya como mi Dr. Carmona. Pero la mayoría, amiguitos míos, no sois así, sois de naturaleza mucho más relajada, y vivis mejor, perdonad mi atrevimiento pero no se yo si el club de los malos padres tendría fundamento.  Siempre tiene que haber un contrapunto, a mí me ha tocado el papel de sufridora y a mi esposo el papel de «tengo la cabeza bien amueblada y no voy a andar todo el día sufriendo sin parar»

¿Cómo lo hacéis? Es vuestra naturaleza, ¿verdad?  Quiero saber si hay truco para no sentir tanta culpa innecesaria. Quiero  que alguien me regale esa vocecita que te repite tu nombre, como en la peli  Vaiana:  «Eh.. Mawi, Mawi  Mawi. eres el mejor… »

 

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