diario de una mamá fotógrafa

El señor de los pictolines.

 

fotografía infantil

Yo con  tres años en 1983. Sevilla, Calle Juan Díaz de Solis. (El Tardón) junto a mi bisabuelo Crispín Esteban.

 

Vera está pasando por la etapa de los miedos. Es un poco agobiante porque lo pasa mal. Me encantaría conocer vuestra experiencia con este tema. Ya hace tiempo os hablé  en un post de cómo le expliqué  el tema de la muerte. Ella tiene miedo, me lo dice, le da miedo que yo me muera, que se muera la gente que quiere. Intento quitarle hierro al asunto, aunque la verdad es que reconozco que el asunto de por sí, hierro tiene todo el del mundo porque esto del vivir está muy mal pensando. Tiene la vida un trasfondo tan triste, que dan ganas de  ponerse  a lo Max Estrella en «Luces de Bohemia y decir lo que viene siendo «apaga y vámonos»

Pero no, hay que vivir la vida con positividad, aquí estamos hasta que nos toque, dando guerra ( algunos más que otros) así que ante sus miedos, decidí contarle una historia que no es del todo real, pero tiene mucho de cierta, para que le pierda el miedo al fin, y tenga la esperanza y la ilusión de que el fin no es tal. Más allá de mis creencias y de la religión creo que hay que buscar la forma de que los peques si sienten ese miedo se les pueda dulcificar de algún modo.

» Querida hijita. Mamá tuvo un bisabuelo llamado Crispín, igual que se llame tu abuelo, que era su nieto» ( Por cierto, no os riáis del nombre de mi santo padre que os caneo, que tiro de bota Vesta rápido y soy de lengua viperina fácil, ya sabeis)

Mi bisa era muy lindo, muy cariñoso, siempre venía a casa de mis tías y me traía caramelos pictolines que me encantaban. Venía con frecuencia a verme  al Tardón y me daba juego, conversación, porque sí, amigos,  yo con tres años tenía un gran mundo interior y era arisca con casi todo el mundo, menos con mis abuelos de madre, con mi madre, con padre y con él. Era yo una niña peculiar y portaba a cuestas una mueca de malas purgas en mi semblante, pero de eso hablaré en otro post porque con la edad sufrí una transformación.

Un día mi bisabuelo dejó de venir y le pregunté a mi madre y me dijo que se había ido al cielo. Sentí un gran enfado y no sólo por los pictolines. Me caía bien aquel señor con sombrero, olía a limpio y era muy simpático. Me gustaba coger su bastón y me gustaba ese cuerpo grandote que tenía aun siendo un  anciano . Era pintoresco y agradable de mirar y abrazar, no era de esas personas de piel babosa como yo catalogaba a la mayor parte de los seres vivos que por aquel entonces aspiraban a que yo, niña pequeña les diera un beso y una servidora no fue de beso fácil hasta cruzada la barrera de los 22. Y de esto no sé si hablaré en otro post, la verdad. 😀 He sido yo muy del «beso lastimero» en mi edad pueril y descocada.

El cielo era un rollo, no me gustaba nada que se fuera mi bisabuelo.

¿Volverá?- pregunté intrigada.  -No, cariño, de ahí no se vuelve- me dijo mi madre.

Recuerdo que lloré a solas unos minutos, procuré que nadie me viera, no me gustaba ( ni me gusta) que me vean llorando. Mi madre, que tonta no era, se acercó a mí y me dijo que las personas nunca se van del todo y que su espíritu estaba con nosotros. Así que decidí ya que andaba por allí, dirigirme directamente a él. Le solté en mi argot de tres años largas parrafadas a mi bisa. No me respondió jamás nadie. Menudo rollo ser espiritual, mucho mejor no morirse y punto. Me pillé un rebote con la vida curioso.

Entonces un día de repente noté un olor a menta en mi habituación. El siempre sacaba los caramelos del sombrero. Me levanté y olfateé y noté que en mi almohada hacía un pictolín. Cada dos o tres días me encontraba uno en mi casa, sin esperarlo, se lo dije a mi madre y me dijo que seguro que el bisabuelo me los dejaba para que no me olvidase de él. Bendita inocencia, quien la sintiera de nuevo.

A Vera le encantó la historia, empezó a reír y dejó de sentir miedo esa noche. Curiosamente al día siguiente Vera descubrió un pictolín bajo nuestra almohada y vino muy emocionada a decirme que mi bisabuelo seguía visitándome.

-¿Crees que le caigo bien a tu bisabuelo, mamá?

-Claro, hija, si le caía bien yo que era un poquito asperón, tú le tienes que caer bien seguro, asperoncito mío.

Y yo recuerdo estas notas de mi infancia como si hubiesen sucedido ayer , creando historias mágicas a mis hijas, porque la ilusión es hermosa, porque la vida es magia y que no me digan que luego la realidad les dará de bruces en toda la cara. Que no me lo digan porque la ILUSIÓN es VIDA  y quien no SUEÑA, no VIVE.

Y a mi bisabuelo Crispín, aunque sólo lo conocí tres años de mi vida y mi uso de razón comenzó con su muerte, no le olvido porque tenía algo que aún suena en mis recuerdos. Era genuino.

 

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